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Campo de saltamontes 2

Esta vez les tocó a mis amigos del campo pasar unos días con nosotros en Burdeos. Un fin de semana divertido. Sus niños, de 7 y 3 años, trajeron sus osos de peluche y otros juguetes. Sobre todo la menor, llamada Manuela, nos tuvo a todos atentos a sus gracias y ocurrencias, y también nos mantuvo en silencio mientras ella hacía la siesta.
Al día siguiente de que partieran, descubrimos que nos habían dejado en casa un visitante. Se trataba de un saltamontes. Vivo en el tercer piso de un edificio en piedra del siglo XVIII, común en esta ciudad, y lo menos probable que pueda albergar esta construcción son los saltamontes. Obviamente, el bicho saltaba por la sala en busca de tierra y hierbas donde mimetizarse y librarse de riesgos. Nos dijimos que a lo mejor vino en uno de los juguetes de Manuela que, según me enteré después, se divertía cazándolos. Quise pensar que se trataba del mismo saltamontes que había observado en el campo semanas antes, cuando fuimos nosotros los visitantes. Todos los saltamontes son iguales, me dije. Pero me correjí de inmediato, puesto que de algún modo estaba simplificando la existencia de este saltamontes -quizás entre ellos se distinguen y valoran-. De todos modos era probable que él me haya percibido en su territorio -por qué negar esta posibilidad- y que ahora se preguntara qué hacía en este lugar ajeno a su naturaleza, en esta ciudad. Mi mujer lo tomó delicadamente y lo puso en una de nuestras macetas en el balcón. Es lo más parecido al campo del que podemos disponer y, además, que lo podría tener parcialmente a salvo de nuestro gato.
Ignoro la distancia de la que es capaz de saltar uno de estos insectos, pero asumí que la prudencia prevalecería en él y que no se animaría a lanzarse desde el tercer piso. Pero no subestimemos la valentía de un saltamontes ni su capacidad de nostalgia, como tampoco su entrega a la leve fatalidad del vacío.

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