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Mostrando las entradas de julio, 2012

Continuará… (2)

En mi novela Mientras huya el cuerpo hay un personaje llamado Apolinario. Pero Apolinario también existe. Es mi suegro. Y digo también porque de alguna manera ahora hay dos, el del libro y el que anda por las calles de Lima. Tienen el mismo oficio, han pasado lo mismo –bueno, casi- y ambos son insondables. En la novela, en uno de sus apartados, hablo de lo que Apolinario piensa sobre la muerte. El personaje (como también el real) hace un recuento de sus accidentes automovilísticos, en todos con él como conductor, y los muertos acumulados en su haber. En todos esos accidentes, además, él salió siempre ileso. Y fue después de esta macabra acumulmación de cadáveres, que él decide no ir a más de 30 kilómetros por hora en su viejísimo wolkswagen color guinda. Como es obvio, ejecutar esta decisión en Lima puede ser tan peligrosa como ir a 120 km/h . Todo esto lo planteo y discuto en la novela y me da pie para ampliar al respecto y continuar con la reflexión sobre la muerte. Lo que no me...

Continuará… (1)

Cuando mi primera novela, Que la tierra te sea leve , estaba en pleno proceso de edición, me encontré en Burdeos con uno de sus personajes. Saliendo de la biblioteca de letras de la Universidad Michel Montaigne vi a Christophe. A él, al personaje real, lo había conocido a principios de los años noventa en las sabatinas reuniones del grupo Centeno. Doce años después lo volví a ver, por casualidad, durante un congreso literario. El estaba entre el público y, cuando me acerqué y me presenté, Christophe no me reconoció y me dijo que ni siquiera hablaba español. La razón de ello, me explicaron luego, era que él había sufrido un accidente automovilístico y que, como consecuencia de ello, había perdido la memoria. Ese día fuimos a cenar y me contó todo lo que le sucedió antes y después del accidente. Me habló de su mujer, de sus dos hijas, del problema de no haber reconocer a estas niñas. Luego de esa noche, creí que no lo volvería a ver más. Había perdido su tarjeta, pero en mí quedaba su ...