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Byrne en bicicleta

Ciertas veces uno suele hablar de las personas a las que admira y con quienes comparte algunas afinidades. De allí que los escritores, por citar un oficio, gusten hurgar y escribir sobre la vida y obra de otros escritores. Hoy no quiero hablar de escritores. O bueno, sí, algo de ello hay. Quiero hablar de un ciclista. Pero lo particular de este sujeto en dos ruedas es que es mundialmente reconocido, sobre todo, como músico. Hablo de David Byrne, antigua cabeza de los Talking heads. En realidad Byrne es muchas cosas. Según sé, últimamente se asume como un artista plástico que tiene su domicilio en New York. Domicilio también es mucho decir, puesto que un día decidió convertir su bicicleta en una suerte de cámara fotográfica. Pude haberla comparado con una cámara de video, pero el efecto que se logra al observar las calles mientras se va sobre el sillín es la de una fotografía movida. De este modo se acumulan trazos de cuerpos que van en sentido contrario; puertas, escaparates, vitrinas, edificios que solo nos dejan un esbozo de sus presencias.
Byrne lo supo captar de esta forma y no solo lo disfruto, sino que además escribió un libro sobre sus impresiones de ciclistas del sinnúmero de lugares que recorrió. Lo curioso en este libro es que parece haberse documentado previamente de los más relevante en la historia y la sociedad de cada ciudad visitada y que lo resume en estas crónicas para dar veracidad a lo que cuenta; sin embargo lo realmente atractivo del libro son aquellos pasajes en los que se muestra como alguien que va demasiado rápido y debe afinar sus sentidos para rescatar el rumor que va quedando tras de él. Esto es lo más valioso que nos deja en sus páginas, cuya edición francesa lleva por título "Journal à bicyclette" y en cuya foto de solapa nos muestra a un David Byrne con pelo completamente cano, aire señorial y una enorme pipa a la mano. El aspecto reposado que tiene toda persona que sabe que no le durará mucho tiempo.

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