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Viaje en bus

Suelo dar un curso de español en el Ateneo de Burdeos, en pleno centro de la ciudad, un par de veces por semana. Sin embargo, dado que el gobierno francés ha dispuesto un plan de vacunación de prevención contra la Gripe A –lo que redunda en que algunos, muy pocos, se llenarán los bolsillos de dinero-, el Ateneo se ha convertido en base de operaciones de este supuesto salvataje médico y yo me he sido desplazado a una recóndita sala de clases a las afueras de la ciudad. Casi casi como si fuera yo el portador de la Gripe A. En fin, el hecho es que ahora debo realizar un trayecto infernal para llegar de casa a esta sala de clases. Mínimo dos cambios de autobús y un tranvía. Y todo esto a las 5 de la tarde. Como digo, ya de por sí esto es infernal, pero el otro día se sumó, a causa de la lluvia, un retraso en todos los autobuses y el corte de servicio en algunos tramos de la línea del tranvía genial. Sólo esto faltaba, me dije. Intenté cambiar de ruta, hacer otras conexiones, y fue peor. Ya llevaba 15 minutos de retraso y los alumnos aguardaban –los muy condenados sí consiguieron ser puntuales-. Llamé por teléfono a la responsable del curso para avisarle que, visto el atasco en el que me hallaba, mi retraso sería aún mayor. No hay problema. Igual esperamos, me respondió. Esto no me alivió; por el contrario, suelo ser puntual y esto me alteraba muchísimo. Mi mal humor era desbordante. Observaba cada minuto cuántas paradas me faltaban para bajar del autobús. Temía pasarme. Y como el bus iba lleno y cada vez era empujado más hacia el fondo, en un momento tuve que pedir permiso y avanzar hacia la puerta los más que pude. De pronto, si querer, empujé a un hombre delante de mí. Nada brusco en realidad, pero lo suficiente para el hombre bufara. Resopló en un claro gesto de incomodidad. Pardon!, le dije. No me respondió. En su lugar empezó a hablar con la mujer que estaba a su lado, una desconocida para él, para decirle que la gente debería irse al fondo del bus, que no entienden lo que es el orden. Los que me conocen saben que soy pacífico, pero estaba claro que ése no era mi mejor momento. Sin embargo traté de controlarme y sólo me planté delante de él, con los brazos cruzados, y mirándolo fijamente. Como era de esperarse, al menos yo lo esperaba, él hombre se amedrentó. En todo caso, esta situación me hizo pensar en otra cosa y no en mi retraso. Por esa razón poco a poco me fui relajando, sólo me faltaba una parada, cuando de pronto noté que el hombre sostenía una navaja en su mano derecha. Era una navaja con la hoja guardada, pero una navaja al fin. El hombre estaba quieto, mirando al vacío, tenso. Este hombre se está protegiendo de mí, me dije. El tocó él timbre de aviso para que el bus se detuviera. Era mi parada también. Bajé detrás de él y, llevado por cierta curiosidad, caminé a sólo dos pasos de distancia. El avanzó a paso rápido, sin dejar de observarme de reojo. Además, vi que su dedo pulgar repetidamente pulsaba el diminuto botón que hace salir la hoja de la navaja. Este tipo aguardaba que yo me lanzará y lo atacara. El creía que yo era un potencial agresor. Me temía. Luego él giró hacia una calle aledaña, atento a mis pasos. Yo sólo me detuve un instante. Tiempo suficiente para ver que el hombre, ya consciente de nuestra distancia, guardaba su navaja en su bolsillo.

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