Ir al contenido principal

cuestión de manos

Hace unos pocos días, en los últimos que utilice una férula para proteger mi mano derecha, un amigo francés me preguntó qué tal iba. "Mejorando de a pocos", le respondí. Luego agregué que lo más complicado es escribir. "Pero utiliza la mano izquierda", me dijo él. Le dije que eso intentaba. En todo caso, con un teclado no tan duro, me defendía bien a la hora de redactar algunos textos breves. Quisé hacer una broma con ello -quizás lo dije, ya no recuerdo-, pero él se quedó en silencio. A poco me dijo: "desde ayer yo hago todo con la mano izquierda". De buenas a primeras no entendí a qué se refería. Sólo atiné a ver su mano derecha para verificar si tenía algún vendaje o férula como la mía. "Ahora escribo y hago todo, absolutamente todo, con la mano izquierda", insistió. Lo dijo con cierto orgullo, al menos eso creí ver detrás de su sonrisa. Enseguida empezó una explicación en la que precisó que, como se acababa de separar de su mujer, había decidido un cambio radical. Viviría solo y todo lo organizaría a partir de su mano izquierda. "Volver al orden", y sonrió otra vez. Le pedí que me lo pusiera en orden a mí, porque yo no estaba entendiendo nada. A lo que me contó que, cuando era pequeño, él era zurdo. No se acuerda cuándo ni cómo, pero un día comenzó a hacer todo con la derecha. Durante le escuela, sin embargo, le hubiera gustado retomar el uso de la izquierda, pero algo de pudor le obligaba a continuar con la derecha. Así creció, así se formó, así se casó. "Pero no más", afirma. Luego me demuestra lo bien que escribe con la otra mano. Me habla de sus planes, etc.
Cuando nos despedimos, él no lo notó, pero me dio la mano derecha.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La cabeza de San Nicasio

Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...

La mano

Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...

¿Quién es más grande que Monterroso?

En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.