Estoy en pleno proceso de escritura –reescritura debiera decir- de una segunda novela. La idea surgió hace unos tres años, luego de escribir lo que yo creía un cuento policial. En algún momento pensé enviarlo a algún concurso específico sobre el género, pero no lo hice. Quedó archivado en la computadora. Sin embargo, el personaje, aquel desesperanzado detective privado en el Perú de fines de los noventa, se quedó girando a mi alrededor. Pero no sólo él, sino también su referente real. Primero pensé en ellos en una relación directa de sujeto real y su derivado ficcional. Luego, en una suerte de ejercicio inconsciente, empecé a establecer sus coincidencias y diferencias. Como si se tratara de dos hermanos. Luego quise conocer, si eso es posible, todos los móviles que me instaron a construir al personaje ficticio de esa manera. Después empecé a hacer lo mismo con los demás personajes y hechos narrados. Cuando pude darme cuenta, la novela estaba en construcción. Y lo que me estimula más en su escritura es saber que esta nueva novela mantiene un diálogo sútil con la anterior, con Que la tierra te sea leve. Sé que hay escritores que prefieren mantener en reserva su proceso de escritura, pues temen que éste se vea frustrado. En mi caso, sucede todo lo contrario, cada vez que lo voy verbalizando, contándoselo a alguien, la historia se va constuyendo, existiendo de una vez. Y debo escribirla mientras huya el cuerpo.
En un terrible afán, propio de estos tiempos, muchos escritores de microficción se suman a la competencia (no a la de ser competentes , sino más próximos a los caballos en los hipódromos). El objetivo: quién escribe el microrrelato más corto (se entiende que ingenioso, bueno, perfecto, la suma y resta de todos los escritos anteriormente). Competencia y meta absurdas, sin lugar a dudas. Debería de quedarnos bien en claro que nadie puede ser más pequeño que el dinosaurio ni más grande que Monterroso.
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