Estoy en pleno proceso de escritura –reescritura debiera decir- de una segunda novela. La idea surgió hace unos tres años, luego de escribir lo que yo creía un cuento policial. En algún momento pensé enviarlo a algún concurso específico sobre el género, pero no lo hice. Quedó archivado en la computadora. Sin embargo, el personaje, aquel desesperanzado detective privado en el Perú de fines de los noventa, se quedó girando a mi alrededor. Pero no sólo él, sino también su referente real. Primero pensé en ellos en una relación directa de sujeto real y su derivado ficcional. Luego, en una suerte de ejercicio inconsciente, empecé a establecer sus coincidencias y diferencias. Como si se tratara de dos hermanos. Luego quise conocer, si eso es posible, todos los móviles que me instaron a construir al personaje ficticio de esa manera. Después empecé a hacer lo mismo con los demás personajes y hechos narrados. Cuando pude darme cuenta, la novela estaba en construcción. Y lo que me estimula más en su escritura es saber que esta nueva novela mantiene un diálogo sútil con la anterior, con Que la tierra te sea leve. Sé que hay escritores que prefieren mantener en reserva su proceso de escritura, pues temen que éste se vea frustrado. En mi caso, sucede todo lo contrario, cada vez que lo voy verbalizando, contándoselo a alguien, la historia se va constuyendo, existiendo de una vez. Y debo escribirla mientras huya el cuerpo.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...
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