No puedo dejar más tiempo sin comentar el libro de cuentos de Margarita Saona. Ya lo había dicho antes y lo ratifico ahora: la prosa escrita por mujeres en esta década que se nos va es de indudable calidad. En qué me baso: en el riesgo de estas escritoras, en el interés por saber qué hay más allá de las palabras desde las palabras, en construirse un mundo personal femenino –que, por su profundidad, trasciende todo género (aquí me refiero al género femenino y al género cuento)-. Todo lo corroboro en Comehoras. Es un libro de cuentos breves aparecido en Lima, en una edición por demás atractiva. Los cuentos de Margarita Saona hurgan en las posibilidades del lenguaje y en las posibilidades del ser femenino, todo en una amalgama que nos lleva pensar que estamos ante un cuerpo evanescente. Por supuesto, sus cuentos van más lejos. Halló en ellos un lirismo que, en algunos cuentos, se conjuga una dosis de humor que me agradaría emparentarlo con los escritos de los peruanos Lorenzo Helguero y Pedro Pérez del Solar. Un humor que apela a los recuerdos, a las situaciones aparentemente intrascendentes que pueblan nuestra vida, y que de pronto sobrepasan los límites de lo real pero no nos damos cuenta –o no queremos aceptarlo- y optamos porque este mundo se nos imponga y lo hagamos también nuestro. Como el hecho de comer horas, que bien vale degustarlas.
Quisiera escribir en este blog más a menudo, pero no me quiero dejar llevar por los apuros y exigencias que imponen estas nuevas tecnologías. Por eso escribo cuando realmente me vienen muchas ganas de hacerlo. Como ahora, a pesar de lo que me ha sucedido; o, lo digo de una vez, a causa de lo que me ha sucedido. Esta mañana, movido por unas ansias enormes trasladé de un punto a otro unas cajas pesadas, llenas de libros nuevos, que habían llegado a la biblioteca en la que trabajo. Entre muchas novedades, habían llegado los libros del argentino Sergio Chejfec. El entusiasmo, sin embargo, se difuminó cuando me fueron ganando unas intensas punzadas en la muñeca de la mano derecha. Dejé los libros de lado, observando como mi mano poco a poco iba alcanzando otras dimensiones. Accidente de trabajo, me dije, y me fui directo al servicio médico. En efecto, la doctora no hizo más que confirmar que se trataba de un esguince. Una férula por quince días y será historia pasada, es lo que me dijo. Lu...
Comentarios