No puedo dejar más tiempo sin comentar el libro de cuentos de Margarita Saona. Ya lo había dicho antes y lo ratifico ahora: la prosa escrita por mujeres en esta década que se nos va es de indudable calidad. En qué me baso: en el riesgo de estas escritoras, en el interés por saber qué hay más allá de las palabras desde las palabras, en construirse un mundo personal femenino –que, por su profundidad, trasciende todo género (aquí me refiero al género femenino y al género cuento)-. Todo lo corroboro en Comehoras. Es un libro de cuentos breves aparecido en Lima, en una edición por demás atractiva. Los cuentos de Margarita Saona hurgan en las posibilidades del lenguaje y en las posibilidades del ser femenino, todo en una amalgama que nos lleva pensar que estamos ante un cuerpo evanescente. Por supuesto, sus cuentos van más lejos. Halló en ellos un lirismo que, en algunos cuentos, se conjuga una dosis de humor que me agradaría emparentarlo con los escritos de los peruanos Lorenzo Helguero y Pedro Pérez del Solar. Un humor que apela a los recuerdos, a las situaciones aparentemente intrascendentes que pueblan nuestra vida, y que de pronto sobrepasan los límites de lo real pero no nos damos cuenta –o no queremos aceptarlo- y optamos porque este mundo se nos imponga y lo hagamos también nuestro. Como el hecho de comer horas, que bien vale degustarlas.
Hace un par de horas que desistí continuar con el paseo por el centro de la ciudad de Reims. Si bien el frío no era extremo -estábamos sobre 5 grados-, al cabo de un momento de andar por las calles me empezó un fuerte dolor de oídos. Por fortuna se trata de una ciudad pequeña y el recorrido lo hice relativamente rápido, a pesar incluso de detenerme a contemplar un viejísimo tiovivo veneciano que persistía en dar giros aunque no hubiera un solo niño sobre sus animales rodeados en un escenario de cartón piedra. Tratando de huir del viento helado volví a entrar en la Catedral. La había visitado la noche anterior con unos amigos, pero esta vez creí que sería el mejor lugar para recalentar mis oídos. Por supuesto, también quería volver a ver las esculturas de San Nicasio. Este mártir cristiano había sido decapitado por los bárbaros. La leyenda dice que se desplazó con su cabeza entre las manos para ir al lugar donde yacería su cuerpo. De esta manera este San N...
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