La ansiedad enciclopédica es una pulsión por lo diverso y lo basto: una ansiedad que insiste en bucear dentro de lo amplio hasta convertirlo en tomos de tomos que tratan de abarcar todo el conocimiento humano. Por eso mismo, pretender una “enciclopedia” de lo mínimo, como son los micro-relatos, es engarzarse es un quiasmo permanente. En la contradicción convertida en pulsión. En lo imposible.
Ricardo Sumalavia es terco en este empeño y cuando se lanza a tremendo
reto, suavemente casi sin hacernos notar, parece que todo texto
enciclopédicamente plástico tuviera como objetivo que fuera necesariamente
mínimo.
Sumalavia ha dejado atrás por completo el “efecto”, es decir, aquel giro
que muchos microcuentistas insuflan sobre su obra para que quede marcado el
final, como un quiebre obvio, para que los lectores ociosos “sientan” el cuento
en su brevedad. Por el contrario, en este libro Sumalavia opta por
dejarnos “en ascuas”, con cortes que, por su efecto perturbador, no termina el
lector de procesar sino hasta varios minutos más tarde de haber concluido la
última línea. Ergo, en estos microcuentos el factor sorpresa se ha dejado atrás
para convertirse finalmente en el factor “sabiduría”. Como los haikus japoneses lo que nos transmiten estos
micro-relatos es paz, extrañeza, tranquilidad, nos obligan a pensar.
Como ustedes saben los japoneses han llegado a perfeccionar uno de los
formatos más difíciles de todos los tiempos: el haiku. No sólo por la
específica propuesta de tres versos, dos ideas, una ruptura; sino, sobre todo,
porque logrando aproximarse a la filosofía de la serenidad y de la placidez,
proponen que un mínimo movimiento puede cambiar una epistemología completa. En
eso se acercan al vacío con una determinación que da miedo.
En ese sentido “Oficios imaginarios” (p.17), una especie de ajuste de
cuentas con el escritor que todo lector también pretende ser, nos plantea una
lección de vida en su historia en paralelo entre los dos oficios más antiguos
del mundo. No les adelantó nada, porque tampoco quiero “spoilear” los cuentos
de Sumalavia, pero sí como marco de entrada a todos los otros microrrelatos,
este nos da una patada que termina de doler cuando uno cierra el libro al final
de todo. Imaginar lo que hace o lo que no hace el otro es también parte del
juego de este tipo de ficción. Los vasos comunicantes; los laberintos
paralelos.
En esa perspectiva la ficción breve —como la denomina parcamente Ricardo
Sumalavia en la introducción al libro Colección Minúscula, una
antología de ficción breve que publicó hace algunos años— también es un
coqueteo con el abismo. Porque puede ser extraordinaria, o todo lo contrario,
como diría Vallejo, simplemente provocar espuma. Por eso mismo Sumalavia en su
colofón-ars-poética sostiene que “el final sorpresivo no debe verse como el
recurso decisivo para el buen funcionamiento del cuento y en especial del breve
ya que su lectura se reduce a un banal efectismo” (p.187). Precisamente por eso
los cuentos de Sumalavia optan por evitar el efectismo a toda costa, como toda
buena propuesta artística, y ese camino es el más difícil en una arte que debe
ser sorprendente en su parquedad. El roce con la perfección, como bien dice
Sumalavia en una metáfora precisa, son esas gotas que escapan del pincel del
calígrafo y que marcan sobre el papel de arroz la intensidad de la expresión.
Esa es la “nueva belleza”. Personalmente esas gotas, creo, son la propuesta del
mínimo relato como del mínimo poema: debe ser intenso, más que perfecto; debe
perturbar, más que producir gozo. ¿El microcuentista llega a ser un
calígrafo, como lo sugiere Apollinaire para el poeta? Tal vez, pero solo si la
vanidad no lo consume en su minimalismo; si la humildad es la tabula rasa sobre
la que practica todos los días, una y otra vez, un eterno caligrama.
En el libro de Sumalavia, dividido en siete partes
y un colofón entre teórico y ars poético sobre lo que implica el microrrelato ,
se aprecia uno de los pilares del mismo: sostener al lector sobre el vacío.
Señala Ricardo Sumalavia que los microrrelatos, así como la novela, rompen las
reglas del juego tanto cuanto es posible, por eso mismo, sostienen la atención
del lector sobre esta base precaria.
El clásico de los clásicos micro-cuentos, el de Monterroso, que a la
sazón solamente dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí"
según Mario Vargas Llosa provoca una serie de emociones que, además del
suspenso, están vinculadas con el misterio, con el pasado, con la extrañeza,
con la permanencia. Muchas veces la extrañeza es otro recurso que puede
usarse de manera efectista; Sumalavia insiste en algo que nos parece casi
imposible: “el buen microrrelato puede ofrecer una buena historia”.
En este sentido “Niño descendiendo del bus” es un ejemplo de ese
caligrama al que se le adivinan las gotas que no han terminado de caer; porque
este “impromptu” que nos transmite el escritor al final del mismo se queda
perforándonos los oídos. Dos personajes, un espacio atestado de gente,
las circunstancias dividen a uno de otro y finalmente el instante en que todo
puede caer. Y cae. Este es uno de los cuentos que más me ha conmovido. Así como
“Madre con perro”, en el que no solo está presente la calma mezclada con
extrañeza, sino también una brumosa ternura, muy parecida a la brumosa memoria
de una mujer mayor.
A muchos nos cuesta entender que un microrrelato puede contener una
buena historia clásica, porque nos hemos acostumbrado a las pautas
tradicionales del cuento clásico, aquellas que, desde los aspectos más
conservadoramente prescriptivos, no contiene los elementos del “Decálogo del
perfecto cuentista” de Horario Quiroga; o los Apuntes sobre el arte de escribir
cuentos de Juan Bosch o el texto de reflexión de Julio Cortázar “El cuento
breve y sus alrededores”. Cortázar sostiene que todo cuento breve debe de ganar
por KO —aunque El Perseguidor de Cortázar es el ejemplo perfecto de todo lo
contrario—; Sumalavia nos dice simplemente que todo micro-cuento en sí un KO.
Por eso, como lo sostiene el propio Vargas Llosa para “El Dinosaurio” o
como podríamos asumirlo para “Madre con perro”, estos microrrelatos no son para
cualquier lector sino para “lectores creativos” cuya interpretación es,
precisamente, lo que le da vida al propio cuento. En términos de Umberto Eco se
trata de un texto abierto que exige del lector la culminación de su producción.
Obviamente no se trata de pergeñar unas cuentas líneas más, sino de
mantener, dentro de nuestra propia conciencia, los efectos de la historia
que, como dije al principio, nos acompañan muchísimo después de haber cerrado
el libro. Quizás en el micro o en el auto, o en la ducha o leyendo otro
libro, o cuando nuestra mente está en completo silencio, en ese momento
postrero podamos evocar las últimas líneas y preguntarnos: “¿no habrá querido
decir esto?”
En general la poesía y los microrelatos apelan a una inteligencia
sofisticada. La propuesta de Monterroso es el camino más cercano al abismo de
los haikus japoneses que mencione en las primeras líneas; la propuesta de
Sumalavia es el camino a las rengas, es decir, a la construcción del efecto de
sentido en manos del propio lector (efecto concadenado y ejecución múltiple).
En este libro Ricardo Sumalavia, que es un extraordinario difusor del
género cuentístico en nuestro país —el Perú es además uno de los productores de
cuentistas, ese género tan ninguneado por el mercado libresco de las
editoriales españolas— se ha lanzado a realizar una muestra personal de su
microficción con energía y rigurosidad: poco a poco, escribiendo los textos en
apuntes en diferentes partes del mundo, mientras escribía su tesis de doctorado
o mientras hacía dormir a sus hijas cuando eran pequeñas, esta Enciclopedia
Plástica , se fue armando como armamos un lego y se convirtió en un
reto para quien pretende encontrar en el relato el corazón duro del poema.
Además, un narrador de ficción breve como Sumalavia, tendrá que trabajar
con el texto como el cirujano plástico con un cuerpo y un bisturí: cortar,
cortar, cortar, sin matar el alma, pero con el convencimiento de que no puede
sobrar nada de nada, sobre todo, si se trata de lonjas grasosas que no
condimentan. Pero eso sí, como el calígrafo, dejar alguna cicatriz que
demuestre no la perfección sino la “nueva belleza”.
Si el cuento es un reto a la organización de una historia y las
necesidades expresivas de un autor, una ficción breve será doblemente retadora,
doblemente audaz, y por lo tanto, tiene que exigir “perfección en los cortes,
prudencia en los tonos, y el tiempo preciso para la consumación del trabajo”.
El escritor podría ser un médico legista, pero en verdad, como Sumalavia,
prefiero convertirlo en un calígrafo que juega también con esa sensación del
viento en el texto, ese viento que “viene tan solo para irse”.
Gracias y felicitaciones a Estruendomudo por continuar publicando textos
perturbadores.
Rocío Silva Santisteban
22 de marzo del 2016

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