Luego de la comida del mediodía se nos antojó tomar una taza de café. No el café que habitualmente compramos en el mercado de Burdeos, sino uno que habíamos traído en nuestro último viaje a Lima. Me ofrecí a prepararlo y descubrí que sólo nos quedaba lo justo para servir en una taza. Sin darnos cuenta nos habíamos bebido casi todo. Como no tenía sentido dejar de prepararlo, saqué la cafetera italiana, aquellas cafeteras de metal cuyo vapor de agua asciende por un embudo que atraviesa el café molido y concentra su líquido en un compartimento superior, y lo coloqué en la hornilla a fuego alto. Mientras se hacía el café tomé un libro que leo en estos días. Se trata de una antología de poesía coreana clásica, concentrada especialmente en los poetas budistas, en los monjes. En realidad, la mayoría de estos monjes no se consideraban poetas y muchas veces ni siquiera tenían intensiones artísticas. Su intención última era el aprendizaje y acceder al camino según las diversas vías que las es...