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El gato samaritano

A duras penas me alcanzaba el dinero de la pensión que me enviaba mi padre. Los últimos días del mes eran los más penosos. Prefería tomar café, escuchar música y hurgar en el pelambre de mi gato, quien estaba mejor provisto que su amo para sobrellevar la miseria. Hasta que cierto día dejó de llegar el giro mensual. Aquellos contratiempos que mi padre justificó en una carta terminaron por entregarme al hambre. Como soy orgulloso, traté de resistir en casa, acompañado por mi gato, aguardando el envío. Como era de esperarse, el café se terminó pronto y me cortaron la electricidad. Tan sólo el gato saciaba su hambre, ya que en la oscuridad de la noche los ratones eran lo suficientemente atrevidos para deambular por la casa. Lo escuchaba devorarlos con fruición y luego chasqueaba su pequeña lengua como signo de complacencia. Pero una noche, luego de oír a mi gato atrapar a su presa de turno, no escuché más. De pronto lo sentí junto a mí, dejándome algo tibio sobre la mano. No lo pensé y me lo llevé a la boca. Así lo repetimos por varias noches, ocultando mi vergüenza en la oscuridad. Hasta que una de ellas mi gato vino junto a mí, sobando su lomo en mi brazo, pero sin dejar presa. Lo entendí perfectamente.
El dinero de mi padre finalmente llegó. He salido a pagar las cuentas atrasadas, comprar víveres -mi infaltable tarro de café-, algunos cassettes con música reciente y libros que ansío leer para llenar la completa soledad de las noches.

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