Estoy sentado en un canapé, en mi departamento de la rue Porte Dijeaux. Esta mañana no hay nadie más en casa. Bueno, el gato anda por algún lugar de la casa, ajeno a mí. Me encuentro sentado frente al televisor. Se trata de una pantalla plana, negra. Decir su color es ahora una redundancia. No está encendido y su pantalla se ha convertido en un espejo negro. Me veo reflejado con este smartphone entre manos, escribiendo. Pero también aparecen otras imágenes que sólo puedo recrearlas, aquí y ahora, por escrito. Veo el televisor de mi familia. Debe ser 1975 o 76. Vivimos en otro departamento, en Lima. Jirón Ancash 830, departamento 216. Es un segundo piso. El televisor es en blanco y negro, gigantesco. Seguramente no era nada grande, pero ya sabemos cómo son los recuerdos de la infancia. Tiene una antena en forma de V. Ahora me veo de seis o siete años, manipulando esta antena, buscando la señal correcta. Mis hermanos mayores me dicen que, sin soltar un extremo de la antena, levante mi...