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Mostrando las entradas de septiembre, 2014

Últimos tiempos

Uno de los placeres recurrentes que me permito en Burdeos en estos últimos tiempos es escribir mientras me encuentro sentado en la banca de un parque, una alameda o un bulevar. Como a veces me dejo llevar por ciertos hábitos, suelo sentarme en una banca en Allées de Tourny, a pocos metros de un carrusel. La banca que suelo ocupar se encuentra del lado derecho -observando desde el carrusel- y está justo delante del inmueble donde Hölderlin fue preceptor en una familia acaudalada hasta principios del siglo XIX. Allí Hölderlin escribió muchos poemas. Pero hoy he cambiado de banca. He decidido buscar la sombra y por eso me sentado en la banca del lado izquierdo. Observo la banca que suelo ocupar y está vacía. Nadie se atreve a ocuparla bajo este solo intenso. Recuerdo que alguna vez, sentado en esa banca, vino ocuparla también una anciana. Para los ancianos es muy fácil ponerse a charlar con los desconocidos. Ella me habló del clima, de las lluvias que sin duda caerían pronto. Le pregun...

Pericote

En el aeropuerto de Schiphol, en Holanda, uno de los más modernos del mundo, me acabo de cruzar con un pericote. Es muy pequeño. Tengo la impresión de que no tiene muchos días de nacido. No parece saber a dónde ir ni cómo conseguir alimento. No es que se sienta aterrado. Casi no hay gente por este lado del aeropuerto. Son casi las cinco de la mañana. El pericote va de un lado al otro, como si dudara de su trayecto, y vuelve al punto inicial desde donde lo vi aparecer. Me hace acordar la época en la que yo frisaba los veinte años. Era diciembre y mi madre había atrapado una rata. Ella estaba tranquila, pues no quería que la navidad nos atrapara con semejante roedor. Sin embargo, unos chillidos dentro de la caja de adornos navideños nos reveló que la rata nos había dejado algo. Recuerdo que la tarde había caído y mi madre me pidió que la ayudara a deshacernos de los pericotes que seguramente se hallaban dentro de la caja. En esa época yo aún era estudiante de ingeniería, pero en mi ca...

Mar

Estoy en Lima. Exactamente me encuentro frente al mar de Lima. La tarde se acaba y yo decido permanecer aquí, sabiendo que inevitablemente en unos momentos le daré la espalda a este mar. Iván Bunin escribió alguna vez una semblanza de su maestro y amigo Antón Chejov. En ella recuerda uno de sus tantos encuentros en Yalta. Una mañana Chejov le refirió que había leído un texto, una descripción del mar, escrita por un escolar. El texto decía: "El mar era grande". A Chejov le parecía grandiosa esta descripción y no podía ocultar su entusiasmo. Bunin recoge esta anécdota para dar una muestra de la personalidad y estilo muy propios del autor, en los que la maravilla y el goce provienen de la precisión y, sobre todo, de huir de cualquier tipo de ampulosidad a la que cierta prosa suele tener predisposición. Dada la relevancia que le otorga el autor de la semblanza, yo hubiese creído que ésta era una enseñanza bien asimilada por Bunin; sin embargo, en otro pasaje, introduciendo al ...

Los juguetes de papá

Hace más de año y medio que no veía a mi padre. Su edad ronda alrededor de los 87 años. Lo digo de este modo porque nunca sabremos su edad exacta. Ni él mismo la sabe. Según cuenta, para evadirse del servicio militar obligatorio de fines de los años cuarenta, en dos -o tres- oportunidades alteró su partida de nacimiento. Luego, en un momento no muy claro de su vida, intentó recuperar la edad que le correspondía, pero no pudo hacerlo, aunque en algo pudo avanzar la cifra. Finalmente, en esas idas y venidas de su cronología, terminó por olvidar su año de nacimiento y aceptar lo que su último documento de identidad le indicaba. En la primera charla que tuvimos en este último y reciente reencuentro, me tomó del brazo y me llevó a su habitación. "Mira por lo que se me ha dado últimamente", me dijo señalando su cómoda. Sobre ésta, lo que vi fueron diversos juguetes: Carritos de metal, soldados de plomo, avionetas y buses de cerámica y otros pequeños artefactos a los que desde ha...

A las orillas del lago

En una de estas mañanas de agosto, fui nuevamente y muy temprano a bañarme en el lago. Es un lago muy grande al norte de Burdeos, al cual se llega rápidamente en el tranvía y cinco minutos de caminata. Esa vez me acompañó mi hija Verónica. Si bien el lago es enorme, lo que corresponde a la playa y a la arena hace solo un largo de quince metros, o menos. El resto de los bordes del lago está arbolado y poco accesible. Es por esa razón me gusta ir muy temprano; porque la puedo encontrar libre de bañistas. Claro que a veces descubro que se me adelantó algún anciano o una madre con su pequeño hijo que apenas sabe dar unos pasos en la orilla. Pero a la mañana que refiero no había nadie más que mi hija y yo. Así que esa parte del lago, limitada por unas boyas de seguridad, fue nuestra piscina privada. O casi, puesto que por unos buenos minutos la compartimos con una familia de patos. Media hora después de estar disfrutando dentro del agua, apareció una mujer, algo obesa y pasada la cincuen...