De pequeño, cuando todavía no alcanzaba los nueve años, yo era un niño intrépido. Los que me conocen de toda la vida saben que decir intrépido es una exageración, que no me reconocerían en esta clasificación, que seguramente me estoy idealizando. Sucede que a esa edad, como el resto de mis amigos, yo jugaba bien al trompo y sabía hacerlo bailar con precisión e incluso realizar piruetas con él. También escalaba unos muros de una antigua iglesia al frente del edificio donde vivía y me lanzaba desde lo más alto, sin importar cómo cayera -que por lo general era una caída desastrosa, pero feliz-. Los mismos saltos los hacía de unos muros en el parque que está detrás del Congreso, en pleno centro de Lima. Lanzarse de un árbol y sentir el corte del viento en el rostro era la prueba de valor que uno empezaba a imponerse desde la infancia. Al menos es lo que pensábamos mis amigos y yo. Un día todo esto se terminó. Nunca supe por qué pero de pronto no hubo manera de hacer bailar el trompo. D...